
En el mundo corporativo actual, se ha pasado de buscar talento y compromiso a exigir un alto rendimiento que a menudo deshumaniza a los empleados. Las empresas buscan individuos capaces de producir resultados bajo presión, adaptándose constantemente y mostrando agradecimiento, convirtiendo el alto rendimiento en una especie de dogma moral.
El Alto Rendimiento Como Fetiche
El problema surge cuando el buen desempeño se convierte en un fetiche, donde el resultado justifica cualquier medio. Esto puede llevar a tolerar malos modales, liderazgo deficiente y la destrucción de equipos en nombre de los objetivos, generando un ambiente laboral tóxico y promoviendo la autoexplotación.
Según Jeffrey Pfeffer, muchas prácticas de gestión celebran los resultados a expensas del bienestar humano, ignorando el burnout y la rotación tóxica. Byung-Chul Han describe esta época como la sociedad del rendimiento, donde la autoexplotación se impone a través de métricas y la culpa individual.
La obsesión con el alto rendimiento no garantiza resultados sostenibles, sino picos breves y costosos. Los empleados se ven obligados a esconder errores, competir internamente y sobreactuar productividad, mientras que los líderes se centran en gestionar la percepción en lugar de desarrollar capacidad real. Se observa mucho movimiento, pero poco aprendizaje genuino.
Es crucial separar el rendimiento de la virtud, entendiendo que producir no es lo mismo que liderar, lograr no es lo mismo que cuidar, y escalar no es lo mismo que construir. Un mal jefe con buenos números sigue siendo un mal jefe. Cuando el alto rendimiento se convierte en una religión, la organización pierde humanidad.
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