
La fortuna de Mohammad Reza Pahlavi, el último Sha de Irán, se construyó en gran medida gracias a las vastas reservas de petróleo del país. Durante su reinado de casi cuatro décadas, el petróleo se convirtió en una fuente inmensa de riqueza personal, estimada en unos 2.000 millones de dólares en el momento de su muerte en 1980, equivalentes a aproximadamente 7.200 millones de dólares actuales. Esta historia destaca no solo la magnitud del dinero acumulado, sino también la forma en que se construyó ese patrimonio, a través de fundaciones opacas y flujos de ingresos petroleros no registrados oficialmente.
El Ascenso al Poder y el Control del Petróleo
Para comprender el origen de esta riqueza, es necesario remontarse a 1953, cuando la CIA y el MI6 británico llevaron a cabo la Operación Ajax, un golpe de estado que derrocó al primer ministro Mohammad Mossadegh, quien había nacionalizado la industria petrolera en 1951. Tras el golpe, la industria petrolera iraní fue reestructurada bajo un consorcio de empresas occidentales. Si bien Irán obtuvo una mayor participación en los ingresos, el control de la producción permaneció en manos de corporaciones extranjeras. Esto le brindó al Sha acceso directo a los ingresos generados por el petróleo, que eran sustanciales.
El Sha aprovechó esta situación para convertir el petróleo nacional en su riqueza personal. En 1962, la Compañía Nacional Iraní de Petróleo (NIOC) realizó un pago de 12 millones de dólares a una cuenta controlada directamente por él, una suma equivalente a 117 millones de dólares actuales. Además, la Fundación Pahlavi, una organización filantrópica en apariencia, funcionaba en realidad como una sociedad holding personal del Sha, con intereses en diversos sectores de la economía iraní, desde bancos y aseguradoras hasta empresas metalúrgicas y constructoras.
Derroche y Descontento Social
Con acceso a miles de millones de dólares, el Sha llevó una vida de lujo extremo. Residía en palacios opulentos, poseía una extensa colección de automóviles de lujo y una flota de aviones privados. Su esposa, la emperatriz Farah, lucía joyas y atuendos de diseñadores exclusivos. Sin embargo, este derroche contrastaba con las dificultades económicas que enfrentaba gran parte de la población iraní. La inflación estaba disparada, el desempleo aumentaba y la brecha entre ricos y pobres se hacía cada vez más evidente.
El punto culminante de este derroche fue la celebración de los 2.500 años de la monarquía persa en 1971, considerada una de las fiestas más caras de la historia. Mientras el Sha agasajaba a dignatarios extranjeros, la población iraní sufría las consecuencias de la corrupción y la desigualdad. Este descontento social, sumado a otros factores, desencadenó la Revolución Iraní de 1979, que llevó al poder al gobierno de los ayatolás y obligó al Sha a exiliarse. Su historia sirve como un recordatorio de las consecuencias de la acumulación excesiva de riqueza y la desconexión entre los gobernantes y el pueblo.

