
En un artículo publicado en La Nación, se explora la memoria desde una perspectiva personal y científica. La autora reflexiona sobre cómo los recuerdos se entrelazan con espacios físicos y emociones, evocando tanto experiencias de la infancia como técnicas ancestrales para potenciar la memoria.
El Palacio de la Memoria: Un Método Ancestral
Desde la antigüedad clásica, los oradores ya sabían que la memoria no era solo una facultad mental, sino también un espacio físico. En la Rhetorica ad Herennium, atribuida a Cicerón, se describe el método de los loci: imaginar un edificio y recorrerlo mentalmente para no perder el hilo de un discurso. A cada idea, un lugar; a cada lugar, una imagen viva. Así nace el famoso “palacio de la memoria”, una arquitectura invisible donde las palabras se guardan como estatuas en un atrio o cuadros en una galería de arte.
La Ciencia Respalda la Antigüedad
Siglos después, la ciencia les dio la razón a los romanos. Los estudios sobre memoria espacial confirman que tenemos un sistema especializado —con el hipocampo y las “células de lugar” — que funciona como un GPS interno para organizar recuerdos complejos. Cuando ubicamos una idea en un recorrido imaginario, parece que estamos hackeando nuestro propio cerebro: recordar un discurso se vuelve, técnicamente, salir a caminar. Hay un detalle, eso sí: el espacio a elegir para nuestro recorrido nos debe ser muy familiar, debemos poder transitarlo a la perfección con solo cerrar los ojos.
Un Legado Personal y Universal
La autora entrelaza estas técnicas con recuerdos personales, como la filmación de un comercial en su infancia y las charlas con su padre. Estas memorias se convierten en ejemplos concretos de cómo los espacios y las emociones dan forma a nuestros recuerdos. Al final del día, cuando nos toca hablar, solo hay que cerrar los ojos, abrir la puerta y caminar. Ahí, esperando en silencio, están las palabras. Y los recuerdos.

