En este siglo XXI, donde nada es lo que parece, ni lo que se dice, hasta esta columna se esfuerza sin éxito por mantener la seriedad. Donald Trump, con una fe inquebrantable, aspiraba al Nobel de la Paz 2025, una osadía considerable. Tras perder, su actividad bélica se intensificó drásticamente. ¿Será que busca el premio a cualquier costo?
Pero Trump no está solo en esta competencia. Cheque Tapia emerge como un contendiente fuerte, tras el exitoso rescate del gendarme Nahuel Gallo en Venezuela. Su estrategia, basada en su identidad peronista y su victimización por un supuesto lawfare, le permite negociar de igual a igual con figuras chavistas de alto rango. ¿El secreto de su éxito? Tal vez un avión y algunos bolsos…
Sin embargo, el domingo pasado, Javier Milei se autoexcluyó de esta contienda por el Nobel, al inaugurar el período de sesiones del Congreso. Su discurso, lejos de ser conciliador, fue un torrente de insultos y acusaciones contra opositores, empresarios y hasta contra sus propios aliados. Un espectáculo que, según algunos, democratizó el micrófono, mientras que otros preferían que sus hijos no lo escucharan.
Dos horas de furia, o de actuación, que confirman, según algunos analistas, que Milei es al menos la mitad de malvado que Cristina Fernández de Kirchner. Intentar analizar su discurso con criterios académicos resulta, para muchos, un ejercicio inútil. ¿Cuándo entenderán la verdadera naturaleza de Milei?
La realidad, como señala Javier Cercas, a veces nos entrega lo que no buscamos. Milei quería un ministro de Justicia intachable, pero la realidad le presentó a Juan Bautista Mahiques, cuyo padre festejó su cumpleaños en la quinta de Toviggino y cuyos amigos son los mismos que están en problemas. La pregunta es, ¿debería Milei enojarse con los Mahiques o con la propia realidad?

