
La escritora Dolores recuerda un charco persistente en la esquina de Azara y Rivera, en el barrio donde creció. Este charco, que nunca se secaba, se convirtió en un símbolo de misterio y temor infantil, especialmente después de que su hermano le contara la historia de un motociclista desaparecido allí.
El relato infantil
Según el relato, el motociclista tocó el agua con su moto y desapareció, cayendo al vacío. Esta imagen obsesionó a Dolores, quien comenzó a imaginar el vacío y a temer que alguien cercano cayera en él. La advertencia de su madre de no acercarse al charco solo intensificó su miedo y fascinación.
La niña imaginaba al motociclista cayendo sin fin en la oscuridad, un temor que se mezclaba con sus otras preocupaciones infantiles. Lloraba por todo, pero el charco representaba un miedo más profundo, la posibilidad de perder a sus seres queridos en ese abismo acuoso.
El recuerdo persistente
A los nueve años, Dolores se mudó, pero el recuerdo del charco permaneció. Hoy, con cuarenta y dos años, sigue pasando por esa esquina y, aunque el charco ya no está, siente que algo de aquel misterio persiste en el lugar.
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