En la antesala de la conmemoración del 24 de marzo de 1976, surge la inquietud sobre si reviviremos los enfrentamientos ideológicos que precedieron al golpe. ¿Hemos aprendido que las dictaduras asesinan la política, la censuran y anulan las instituciones republicanas y los derechos ciudadanos? La política es palabra y acción, y las dictaduras la amordazan.
Restaurada la república, el Congreso de la Nación es la casa política de la democracia, lugar de palabra y deliberación. Allí se toman decisiones que afectan nuestras vidas, desde los impuestos hasta la guerra. Sin embargo, como decía Bismark, legislar es arduo y no debería ser sencillo ni rápido. En un país de emergencias, los gobernantes caen en la tentación de acortar plazos y aprobar leyes sin escuchar a quienes aportan su saber y experiencia.
La oposición invoca los reglamentos y se queja de la sanción de leyes sin deliberación, pero cuando gobernaron hicieron lo mismo: manejaron el Congreso a control remoto, impusieron la mayoría y cambiaron votos por favores. Este simulacro distorsionó la naturaleza de la acción legislativa, cuya razón de ser es la deliberación. Lo ideal es la combinación de la inteligencia de los muchos que representan al pueblo y a las provincias, no la decisión facciosa de una sola persona.
Las buenas leyes son fruto de la negociación para convertir los desacuerdos en soluciones. Ninguna facción debe imponerse sobre las otras. No se puede adaptar el cumplimiento de las normas según se sea gobierno u oposición. La dignidad de una ley radica en que haya integrado las diferencias políticas y armonizado los intereses. Esas leyes garantizan la tranquilidad de poder programar nuestras vidas sin cambios constantes.
Nada mide mejor la calidad institucional que el Congreso de la Nación, como advirtió Ramón Columba. En su libro El Congreso que he visto, señala: “La historia de nuestro Congreso es la historia de nuestra Nación, y en sus bancas encontramos los altibajos de nuestro destino”. Actualmente, esos altibajos son más una cuesta abajo económica que una elevación institucional.
Columba describe al Congreso como “uno de los espectáculos parlamentarios más atractivos, porque es a la vez academia, universidad, cátedra de controversias, seminario de investigaciones, tribunal de justicia y vehículo de información”.
El ruido actual, poblado de gritos e insultos, con legisladores que cambian la fuerza del argumento por la prepotencia de los agravios, tiene mucho de triste espectáculo, nada de academia y menos de instrucción pedagógica.
Lejos de esclarecer nuestra conciencia ciudadana, ha oscurecido la práctica política, devaluada por ese espectáculo bochornoso. Se ignora la partitura constitucional que, en su sabia armonía del equilibrio de poderes, encierra una verdad superior que hoy se nos escapa. La democracia no es solo votar, ni alternarse en el poder. Para que el poder no se identifique con los ocupantes del gobierno, los ciudadanos deben elegir a quienes tomarán decisiones en nuestro nombre y controlar a los otros poderes para evitar los autoritarismos.
Muchos, una vez en las bancas, desconocen la pluralidad que define al Parlamento y exhiben su desprecio, no solo al Congreso, sino a la democracia misma. Esta es la muestra más incómoda de que, a cincuenta años del golpe militar, no hemos rehabilitado totalmente la política, para que la democracia sea el sistema de la igualdad ante la ley, que legitima los conflictos, cambia con el tiempo y garantiza la libertad.
En el mundo democrático ya no se temen las asonadas militares. Las democracias aparecen acosadas por líderes mesiánicos y la desafección de ciudadanos que no confían en sus instituciones y confunden la participación con los insultos en X. La fecha del 24 de marzo vale para recordar de dónde venimos y en qué nos convertimos. Las responsabilidades compartidas deberían llamarnos a la humildad del silencio, para recordar a los que murieron y reconocer lo que perdimos: la palabra del decir democrático y, por eso, respetuoso.

