
Benidorm, un antiguo pueblo de pescadores en la costa de Alicante, España, experimentó una transformación radical a partir de 1953. Lo que comenzó como una pequeña aldea se convirtió en un experimento turístico y urbano sin precedentes, atrayendo a millones de visitantes y transformando su horizonte con rascacielos.
Un Plan Urbano Visionario
En la década de 1950, el alcalde Pedro Zaragoza vislumbró el potencial turístico de Benidorm, impulsando un plan de ordenación urbana que desafió las convenciones de la época. Este plan permitió la construcción de edificios altos, liberando espacio para zonas verdes y servicios, y marcando el inicio de un crecimiento vertical sin precedentes en la región.
La apertura del aeropuerto de Alicante en 1967 y la expansión de los turoperadores europeos impulsaron aún más el crecimiento turístico de Benidorm. La ciudad se convirtió en un destino popular para turistas, especialmente británicos, que buscaban un lugar soleado y accesible durante todo el año.
El ‘Manhattan del Mediterráneo’
Hoy en día, Benidorm cuenta con más de cien rascacielos, lo que la convierte en la segunda ciudad del mundo con mayor densidad de edificios altos por habitante, solo superada por Nueva York. Este desarrollo urbano único ha generado debates sobre el turismo masivo y la eficiencia espacial, pero también ha posicionado a Benidorm como un ejemplo de innovación en el diseño urbano y la sostenibilidad.
El modelo de Benidorm, criticado y admirado a partes iguales, sigue siendo un caso de estudio fascinante sobre cómo un pequeño pueblo puede reinventarse y convertirse en un destino turístico de renombre mundial. Su historia plantea preguntas sobre el futuro del urbanismo y el impacto del turismo en el entorno construido.
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